La disciplina Cuando uno mira a su alrededor tiene una extraordinaria sensación de orden, de equilibrio y armonía, no tanto en el mundo de los seres humanos como en la naturaleza, en el firmamento. Cada árbol y cada flor tiene su propio orden, su propia belleza; cada otero y cada valle posee su propio ritmo y estabilidad. Aunque el hombre trate de controlarlos y contamine sus aguas, los ríos poseen su propia corriente, su propia amplitud de movimiento. A excepción del hombre, en los mares, en el aire y en la vastedad de los cielos se percibe una extraordinaria pureza y una existencia ordenada. Aunque el zorro mate a la gallina y los animales más grandes vivan a expensas de los más chicos, lo que aparenta ser una crueldad es, excepto en el caso del hombre, una pauta de orden en este universo. Cuando el hombre no interviene, hay una gran belleza de equilibrio y armonía. Esta armonía sólo puede existir en libertad, no en la restricción ni en el conflicto.
En la naturaleza todo tiene su sazón, su muerte y renacimiento. El hombre es el único que vive en confusión, en conflicto y desorden. Si ha observado, en un bosque todos los seres vivos tienen sus costumbres instintivas, sus propias pautas de vida que son inmemoriales e infinitas. Pero el hombre está determinado por su egoísmo y su llamada ‘espontaneidad’ está dentro del ámbito de su interés propio. Es amoldado y controlado por la cultura, por la circunstancia en la que vive. La sociedad le dice lo que tiene que hacer; los mayores tratan de condicionar las mentes de los jóvenes para que acaten, obedezcan y vivan en un ámbito muy reducido tanto por fuera como por dentro. La reforma es la ruptura de un esquema para conformarse a otro. Tenemos una vida muy corta y la vivimos en conflicto, miedo y sufrimiento. Sólo cuando somos muy jóvenes semejamos ser absolutamente felices y despreocupados. Todo esto se desvanece pronto y entonces empieza el conflicto agobiante de la existencia.
En toda esta confusión no existen ni la libertad ni el orden de la espontaneidad, porque la libertad es una gran sensación de espontaneidad. En la sociedad, en la familia, en la escuela, si no hay orden no hay relación. Y, no obstante, queremos una relación con otra persona, relación que en realidad es un apego carente del sentimiento interno de armonía, plenitud e integridad. Si uno pasa junto a una plaza de armas, ve al pobre soldado que está recibiendo instrucción día tras día al son del tambor y de la voz del sargento para hacer que obedezca, acate y cumpla órdenes. Está siendo transformado en una máquina cuya finalidad es matar y protegerse a sí mismo. De manera similar, se nos instruye desde la infancia para que nos protejamos conformándonos a lo antiguo o a lo moderno. Esta instrucción continúa en la oficina, en el taller, en la iglesia y en la escuela. A eso se le llama orden y es lo que le interesa a la mayoría de los padres. Esto viene sucediendo de generación en generación y el desfase entre dos generaciones no es más que un intervalo en el que cobra forma una pauta nueva. ¿No se puede tener orden sin esfuerzo, sin la lucha entre los que ven que el orden es necesario y los que se rebelan contra cualquier forma de coerción? ¿Existe un orden sin conformismo? ¿Existe una acción que no conduzca a la rutina y al aburrimiento? Éste es uno de los problemas que tenemos en el ámbito de nuestras relaciones. Toda persona inteligente, ya sea joven o mayor, ve la necesidad de orden, de levantarse, aprender, jugar, etc. Si uno quiere ser un buen golfista, tiene que golpear con el palo de cierta manera; si quiere ser un buen nadador, debe aprender las brazadas. Aprender a ser un buen jugador de golf o de tenis genera su propio movimiento natural de control. Este control no lo impone nadie sino que el propio movimiento de la mano y del brazo, del cuerpo es infinitamente coordinado y sutil. Cada oficio tiene su propia disciplina y la disciplina es aprender. Disciplina es una palabra desafortunada. En ella están implícitos la instrucción, la práctica, el conformismo, el sometimiento, la restricción y el conflicto de la indolencia. En el diccionario el significado de la palabra disciplina es aprender, sólo aprender y nada más que aprender. Si uno no quiere aprender, entonces los padres, el colegio y la sociedad le obligan a conformarse, le guste o no. Por muy moderna que sea, la sociedad lo fuerza a integrarse. Los religiosos han sacado partido de esto mediante el uso de la recompensa y el temor. Uno o bien aprende por interés espontáneo o lo obligan a aprender a la fuerza. Cuando a uno le obligan a aprender, entonces su conocimiento es mecánico y lo emplea de forma mecánica. Luego se queja de que la vida no tiene sentido y trata de evadirse por medio de diversas ilusiones, mediante la fantasía o el lenguaje especulativo. Los clubes nocturnos, las diversiones de fin de semana y las vacaciones son las trivialidades de la evasión. La vida ha sido reducida a la familia y a la responsabilidad que conlleva, al trabajo sin fin y a lo inevitable.
Aprender sin premio ni castigo es un tema muy distinto. Si uno comprende y ve esto con mucha claridad, cuando juegue al fútbol, al cricket, o cuando estudie una materia descubrirá que aprender libera la mente en vez de condicionarla. El saber de por sí condiciona la mente y la envejece. Las escuelas y las universidades están envejeciendo las mentes. Condicionan en el conformismo porque el saber, o sea la adquisición de conocimientos, se ha convertido en lo más importante y no el aprender. La mente vieja es la que se conforma, no la mente que siempre está aprendiendo. En dicho aprendizaje hay libertad en la que el saber puede emplearse cuando sea necesario. No convierta su mente en un mero almacén del pasado, que para eso hay enciclopedias y ordenadores. Esto es orden.
Pregunta: ¿Quiere usted decir que no tengo que adquirir conocimientos en ninguna materia, que no tengo que estudiar? Krishnamurti: En absoluto. ¿A qué obedece que usted haga esa pregunta? ¿Es que no quiere estudiar porque le aburre? ¿O está preguntando cómo aprender, o sea cómo prestar atención? Cuando no quiera prestar atención, no preste atención. Lo importante es tener una mente que nunca haya sido formada en el conflicto, en querer y no querer prestar atención. En eso hay conflicto. Si quiere mirar por la ventana, hágalo abiertamente, sin el conflicto de afirmar que debe mirar al libro. Mire por la ventana con todo su ser, con los ojos, los oídos, la mente y el corazón. Cuando luego vuelva la vista al libro que tiene delante, sea cual fuere la asignatura, mírelo de la misma forma en que miró por la ventana. Lo hará si no tiene conflicto. Esto es lo más importante que hay que aprender: a no tener conflicto nunca, bajo ninguna circunstancia. Porque ha aprendido a mirar libremente por la ventana, sin ninguna restricción u obligación, mirará al libro de la misma manera. Esto es aprender. Ambas cosas son aprendizaje: mirar por la ventana y mirar al libro. Aprender a liberarse del conflicto no es ni indiferencia ni permitirse no hacer nada.
Pregunta: Si me libro del conflicto entonces haré exactamente lo que me guste. Krishnamurti: ¿Puede realmente hacer lo que quiera? ¿No es lo que quiere una reacción en contra de lo que le han ordenado que haga? ¿Está lo que quiere libre de la estructura de la sociedad en la que vive? Lo que usted quiere es el cultivo de su placer particular. Entonces llevará una doble vida: en secreto se dedicará a la satisfacción del placer mientras que en público la cultura en la que vive le obligará a conformarse a lo respetable. De manera que usted está generando conflicto: queriendo sus placeres y no pudiendo alcanzarlos, o consiguiendo satisfacerlos y pagando por ello. Obviamente todo esto sostiene el conflicto. Aprender sobre el conflicto es comprender toda la pauta de comportamiento del placer.
Pregunta: ¿Me está usted negando el placer? Krishnamurti: Al contrario. Si fuera a negarle el placer, usted se resistiría, se pondría violento y encontraría el medio de satisfacer su placer, con lo que recaería nuevamente en el conflicto. Siempre estamos atrapados entre el premio y el castigo, o sea en el temor; aprender acerca de esto significa liberarse del conflicto.
Pregunta: ¿Está usted diciendo que la disciplina es mala? Krishnamurti: No, no estamos diciendo eso.
Pregunta: Entonces, ¿por qué tenemos reglamentos? Krishnamurti: ¿Ha escuchado lo que se ha dicho sobre la cuestión de la disciplina o sólo la parte que le agrada? Si sólo ha escuchado a medias, ha extraído una conclusión o una idea y usted va a actuar o a no actuar a partir de ahí, según lo que el placer determine. Dijimos que el orden es necesario. Todo el universo, a excepción del hombre, se desenvuelve en el ámbito del orden. El hombre se ha permitido vivir en esta condición contradictoria, la cual es la fuente de toda su desdicha. Considere todo esto de otra manera, no en términos de placer y castigo, sino constatando la existencia de una forma de vida en la que toda forma de conflicto se extingue. Usted tiene que aprender acerca de esto y ese mismo aprender crea su propio orden.
Aprender es vivir, cartas a las escuelas ©KFT
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