¿Tal vez tu hijo es disléxico y nadie lo sabe? El trastorno es casi clandestino en muchos colegios - La dislexia puede alcanzar a casi el 10% de la población y está plenamente diagnosticada en EE UU y Reino Unido MARUXA RUIZ DEL ÁRBOL Si Bill Gates hubiera estado escolarizado en España el mundo tal vez no conocería Windows. Es disléxico. Y mientras el sistema escolar de EE UU detecta y cuida de manera precoz al 10% de personas que, de forma leve o severa padecen este trastorno, en España los profesores no reciben formación específica para aprender a guiarse frente a un alumno que no consigue plasmar en nuestro alfabeto las ideas, a lo mejor brillantes, que bullen en su cabeza. La logopeda Maribel Martín, del estudio Eduvoz, explica en lenguaje técnico las claves de la disfunción. La dislexia es "un trastorno neuronal en la lecto-escritura que dificulta en distintos grados la capacidad para distinguir y memorizar las letras o grupos de letras, el ritmo y orden de su colocación para formar las palabras y produce una mala estructuración de las frases, lo que afecta tanto a la lectura como a la escritura. Los disléxicos tienen dificultades para aprender a leer y a escribir, pero no padecen retraso mental ni carencias del entorno socioeducativo". En el mundo de un disléxico, esta perorata científica se siente de otra manera: en la cabeza una mancha de color sangre y en la mano un lápiz inmóvil, incapaz de asociar el carmín con las letras R-O-J-O. Sucedió hace años, en la cabeza y en la mano de Alair, una niña que quiso escribir la dirección de su amiga María Rojo y no pudo. Fue sólo una anécdota más, un nuevo paso del torpe baile de imágenes, números y letras en el que vive. Para ella rojo (el color), rojo (el sonido) y rojo (la unión de letras y sílabas que describen en castellano la mancha bermellón que distingue en su cabeza), son conceptos separados. Le cuesta establecer la relación entre lo que ve, lo que pronuncia y lo que escribe. A veces no consigue asociarlos porque, aunque comprenda perfectamente el concepto, es incapaz de descifrar el lenguaje escrito. El mundo está codificado en un lenguaje que ella no puede entender. Pàrraga dice que el mayor lastre de esta disfunción es su naturaleza introspectiva y silenciosa. "El disléxico no es un alumno espectacular. Tiene buen cociente intelectual y muchos son capaces de buscar recursos para salir adelante". Su discapacidad se esconde incluso a los ojos de quien la sufre porque la percepción de las cosas siempre ha sido igual. Para ellos es lo normal, el desorden de siempre. Ven las letras del revés, se les apelotonan ante la vista como una tormenta alfabética. Se concentran, pero no entienden. Se aburren, desconectan, se despistan, les regañan, se concentran, no entienden, se despistan, les regañan, no entienden... Muchos personajes célebres han sido y son disléxicos: el que fue el primer ministro del Reino Unido, Winston Churchill, el pintor Pablo Picasso o Boris Izaguirre, el presentador de televisión que el año pasado quedó finalista al Premio Planeta...del mismísimo Albert Einstein sus profesores decían que "era lento mentalmente, poco sociable y divagaba constantemente en sus estúpidos sueños", según relató su hijo Hans Albert Einstein en una entrevista. Pero en la evolución de la vida del común de los disléxicos, la frontera entre el éxito y el fracaso es demasiado estrecha. Daniel Ottaman es Canario. Tiene 19 años, estudia biología y hace sólo tres le diagnosticaron dislexia. Aquella jornada fue la primera que oyó la palabra que daba una explicación a su calvario. "Había pasado por tres depresiones y por varios ataques de ansiedad y ese día entendí que todo lo que me sucedía tenía una explicación y que no era tonto", comenta. María Pàrraga, afirma que los países anglosajones son un paraíso para las personas que sufren esta disfunción y un ejemplo para el resto. "Allí su tratamiento está normalizado hasta tal punto que los contenidos de las clases no sólo se guardan en libros sino también en soportes interactivos donde el conocimiento está explicado en clave de imagen". Tanto en Reino Unido como en EE UU la dislexia es considerada una discapacidad por lo que quienes la sufren tienen derecho a becas y ayudas. En la Universidad de Oxford, por ejemplo, hay 20.000 estudiantes. De ellos 1.020 son discapacitados, el 48% disléxicos. En cambio, en la Universidad Autónoma de Madrid tan sólo 115 de sus 28.000 estudiantes están registrados como minusválidos. Ninguno es disléxico porque en España no se contempla como discapacidad. Cómo se diagnostica “Imagínate un reguero de hormiguitas que va por su camino y se topan con una piedra. La fila se deshace, las hormiguitas se despistan y los insectos acaban desperdigados de manera desordenada por donde no debieran. Nosotros los disléxicos tenemos huecos sin información en el hardware”. Alfonso Callejas, presidente de la asociación madrileña Disléxicos sin Barreras, con sede en Alcorcón, habla en clave de imagen de la causa primera de cualquier dislexia: una disfunción neuronal que sucede durante la formación del feto. La metáfora de las hormiguitas se refiere al viaje que hacen las neuronas durante la formación del feto desde el tubo neural, donde están las células madre, a la corteza cerebral. En ese proceso de migración siempre se producen errores y por ese motivo cada persona desarrolla algunas habilidades con destreza y otras con torpeza. En el caso de los disléxicos se podría decir que no todas las neuronas se sitúan en el lugar adecuado y las células mal colocadas no forman conexiones. En esa red de cables las zonas afectadas quedan como un nudo, cada uno de ellos se llama ectopia y permanecerá para siempre en el mismo estado. “Por eso la dislexia se supera, pero no se cura”, afirma Callejas. Su asociación desarrolla en su web, www.dislexiasinbarreras.com, esta teoría con un artículo del doctor Franck Ramus, del Laboratorio de Ciencias Cognitivas y Psicolingüísticas de París. Es, además, una enfermedad congénita. En muchos casos se transmite de padres a hijos. Entre los Callejas no es él el único disléxico. Uno de sus dos hijos, Alberto, de 13 años, también la sufre. Hay más familias de disléxicos entre los miembros de la asociación. José Luis tiene cinco hijos, tres de ellos han heredado de él la enfermedad del baile de las letras y los dos hijos de Charo la padecen también. “Mi marido se enteró de que lo era a los 40. Cuando se la diagnosticaron a mis hijos ató cabos y se dio cuenta de que él también lo era. Antes no se sabía ni lo que era y a mi marido le tocó ser, sencillamente ‘un vago de la clase”. Las claves más visibles para diagnosticar la dislexia son: retraso en el lenguaje, confusión de las palabras que tienen una pronunciación similar, dificultades expresivas, problemas para identificar las letras y los sonidos asociados, historia familiar con problemas de lectoescritura, inconvenientes para descodificar palabras aisladas, dificultades más importantes para leer palabras raras, lectura lenta, con errores y muy laboriosa y dificultades ortográficas y apuros a la hora de nombrar figuras.
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