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EL IMPERIO DEL CONSUMO Eduardo Galeano
Descripcion El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos.
3.6
Rango
Autor
  Nombre : E Ayala
Edad : 5
Ubicacion : Leon, mexico
Profesion :


 

 

EL IMPERIO DEL CONSUMO
 Eduardo Galeano
 
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos.
 Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a
 la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz
 continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las
 gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada
 al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.
 La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas
 las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un
 viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La
 parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal
 parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura
 de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora
 de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el
 borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos
 rotos que debe pagar.
 La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el
 mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más
 abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la
 vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las
 materias primas y de la fuerza trabajo. El sistema habla en nombre de
 todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos
 difunde la fiebre compradora; pero ni modo: Para casi todos, esta
 aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría,
 que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas
 para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo
 fantasías que a veces materializa delinquiendo.
 El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de
 todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización
 no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los
 invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que
 crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también
 tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por
 la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es
 muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria
 farmacéutica.
 EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas
 químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de
 las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de
 pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de
 la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el
 barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora
 cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre
 pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés
 nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y
 otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís:
 «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y
 viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas». Invisible
 violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y
 la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca,
 impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta
 dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que
 cualquier dictadura del partido único: impone en el mundo entero, un
 modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del
 consumidor ejemplar.
 El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que
 confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena
 alimentación.
 Según la revista científica The Lancet, en la última década la
 «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de
 los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la
 obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la
 investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la
 Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas
 light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad
 de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil
 para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica,
 pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
 Triunfa la basura disfrazada de comida: Esta industria está
 conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las
 tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que
 vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de
 refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna
 manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los
 ricos.. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas
 fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante,
 por la imposición del saber químico y único: la globalización de la
 hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la
 comida en escala mundial, obra de McDonald's, Burger King y otras
 fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la
 cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus
 puertas.
 El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras
 cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la
 Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald's no puede
 faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de
 McDonald's dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los
 adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de
 estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de
 Europa. Las colas ante el McDonald's de Moscú, inaugurado en 1990 con
 bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta
 elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.
 Un signo de los tiempos: Esta empresa, que encarna las virtudes del
 mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún
 sindicato. McDonald's viola, así, un derecho legalmente consagrado en
 los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros
 de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse
 en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el
 98, otros empleados de McDonald's, en una pequeña ciudad cercana a
 Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.
 Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la
 publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera
 entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite.
 En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han
 duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada
 vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va
 haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo
 prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen
 televisor, y el televisor tiene la palabra... Comprado a plazos, ese
 animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie
 escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las
 virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran
 de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.
 Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos
 contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician,
 acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el
 amigo que nunca falla.
 La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los
 mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o
 soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas
 también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para
 atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las
 puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: Las cosas te eligen
 y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa
 sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos.
 Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar
 fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de
 afeitar?
 El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle
 no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la
 ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide
 decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he
 escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier
 televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero
 produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de
 especialistas.
 Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil
 años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron
 los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial
 se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina
 tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores
 ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura
 moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los
 campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas
 partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes.
 Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los
 hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren
 bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en
 tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el
 trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más
 caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
 Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en
 Florencia un elogio de las ciudades.. Dijo que las ciudades crecían
 «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse.
 Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con
 la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se
 encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a
 relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?
 El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de
 televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías
 en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones
 de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de
 encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de
 exhibición comercial.
 El shopping center, o shopping mall vidriera de todas las vidrieras,
 impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en
 peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La
 mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus
 bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al
 bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y
 baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes
 visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y
 para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los
 pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas
 bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las
 marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la
 estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los
 habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping
 center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de
 semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la
 excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados,
 vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta
 donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras
 emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del
 consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje
 alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
 La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso
mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al
 servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un
 parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que
 lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas
 para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia
 y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz:
 ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador
 es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers,
 reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad.
 Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin
 día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las
 turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.
 Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una
 mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de
 nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y
 las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al
 mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos
 obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a
 unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar
 el universo? La sociedad de consumo es una trampa caza bobos. Los que
 tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en
 la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco,
 poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la
 poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a
 corregir, ni un defecto a superar: Es una necesidad esencial. No hay
 naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del
 planeta.

 


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