Prejuicios Escribió Einstein: “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Los prejuicios siempre llegan para instalarse en el inconsciente colectivo y no hay manera de desterrarlos. Al menos que debatan la inteligencia y la razón contra el dogma de la religión o una ideología instalada. ¿O ni así? Cerraba mi columna anterior con una frase de Lucas Alamán: “México, como nación, es un aborto”. ¿Prejuicio o conocimiento del nacimiento de la patria? Los políticos al vivir al día marginan la historia de la nación y desconocen sus orígenes. Tenemos una historia española y criolla que, básicamente, se ha encargado de inundar de prejuicios a una nación que olvidó sus raíces indígenas y que Le Clézio nos recuerda en tres libros: El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido, La conquista divina de Michoacán y Diego y Frida. Sueño mexicano o el resumen del amor y el respeto de los pueblos indios por la tierra, un lazo carnal, un sentido cósmico a través de ritos agrarios o funerarios. El macrocosmos de los pueblos amerindios —especialmente los instalados en México— iban delante de Europa en medicina, astronomía, irrigación, drenaje y urbanismo. ¿Por qué no encontrar civilidad donde la había, reducir a esos indios en salvajes que hacían sacrificios a los dioses? Por prejuicio. La conquista divina es el microcosmos del mundo michoacano, ventana-pretexto de Le Clézio para mirar cómo, cuando los dioses quieren perder a los hombres, los enloquecen; lo que ha de ser será; un sueño y misterio que los mestizos nos hemos negado a conocer sistemáticamente. Poco sabemos de la filosofía que encierra el día de muertos frente a la embestida de los disfraces del Halloween, donde bares y antros hacen su fiesta. Prejuicios enterrados. Diego y Frida no son en el libro de Le Clézio el cliché de lo archiconocido sobre esos personajes de nuestra historia nacional. No. Son la síntesis de un comportamiento nacional que entendía a la patria o nación con razones históricas para preservar una manera de entender el mundo. España podrá desintegrarse en el nacionalismo exacerbado de Cataluña y Euzkadi, construir su pedazo de patria, pero seguro México no: sería mejor, desprejuiciándonos. En Diego y Frida se entienden varios de estos conceptos de nación. Por prejuicio, pues, México se aborta como nación al no leerse en su más profunda dimensión.
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